Escribo con el pañuelo planchado y el asado por prender. Le escribo al que hace la fila del
súper y al que ordeña de madrugada, y a los políticos también, que igual pasan por la fonda.
Quiero hablar de quién paga esta fiesta, que casi nunca se dice.
Empecemos por la cueca
La cueca es nuestro baile nacional desde un 18 de septiembre, el de 1979. Es un cortejo
que termina en conquista, y se baila en vueltas y medias vueltas. Una cueca bien bailada
termina justo donde empezó.
En la economía llevamos años en algo parecido, mucho pañuelo y mucha promesa, pero
acá ni siquiera volvemos al punto de partida, cada vuelta nos deja un poquito más atrás.
La fiesta la pagamos nosotros
El Estado de Chile vive de los impuestos, cerca del 80% de lo que le entra. Y de esos
impuestos la mitad es IVA, el 19% que usted deja en la caja, gane lo que gane. Y como tres de
cada cuatro trabajadores no pagan impuesto a la renta, para la inmensa mayoría el aporte es
casi puro IVA.
O sea, cerca de la mitad de los impuestos que recauda el Estado la ponemos, vía IVA, la
gente de trabajo. Y eso es casi todo Chile: más de nueve de cada diez chilenos somos gente
de trabajo, no élite. La otra mitad es impuesto a la renta, repartido entre muchas empresas y
los que más ganan. Y uno se pregunta, si la plata la ponemos nosotros, por qué somos los que
peor vivimos.
¿Y los subsidios? Cuando el Estado le “regala” un bono, fíjese de dónde sale. Es su propio
IVA que vuelve, y vuelve con descuento. La misma plata que usted dejó en la caja llega más
chica, porque en el camino el Estado se quedó con una parte. Y si mañana no alcanza, ¿a
quién le cobran? ¿A las grandes empresas? No. Le suben el IVA a usted. O peor, endeudan al
país, y eso lo pagan los niños que hoy van al colegio. Ese hoyo se arregla parando el abuso, no
pidiendo prestado.
Columna de opinión · Agricultores Unidos A.G.
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El plato sube, el sueldo no
La comida es el gasto más grande de un hogar chileno, uno de cada cinco pesos. En doce
meses la comida aumentó 4,6%, la carne de vacuno casi 4%, y la papa dieciochera 49% en lo
que va del año. Los hogares del 20% más pobre, según el INE, ganan en promedio poco más
de 460 mil pesos al mes y gastan 900 mil, el doble de lo que reciben. Vaya a la caja del súper
un sábado a fin de mes: la señora que saca algo de la bolsa para que le alcance, y la fila que
mira para otro lado. Esa cuenta no cierra en millones de casas, las mismas que financian el
país.
La comida va a seguir subiendo y bajando por cosas que un país chico no controla. Lo que
me preocupa es que nuestros ingresos no crecen.
Así se saquea un pueblo
¿Y por qué no crecen? Porque en medio país se apagó el motor que los generaba, que es
el campo, la fábrica de Chile. Y no me vengan con el clima. Aquí hubo un saqueo. Le dicen
oligopsonio, palabra fea que los del campo aprendimos a la mala. Quiere decir que unas pocas
industrias grandes, como las de la leche, son las únicas que compran, y le pagan al que
produce por debajo de lo que le cuesta. Lo que el productor deja de recibir se lo queda el que
compra, y se va del pueblo. El productor aguanta un año, dos, y cierra, y con él se va el que le
hacía el flete, el taller y la ferretería de la esquina, que en tantos pueblos ya cerró. La superficie
sembrada cayó 59% en cuarenta años.
La leche lo muestra: al que ordeña aquí le pagan 26, 50 y hasta 70% menos que a un
lechero holandés por el mismo litro. De La Araucanía al norte la lechería se fue apagando hasta
casi extinguirse; hoy sobrevive concentrada en Los Ríos y Los Lagos. Los lecheros cerraron
uno tras otro mientras las empresas que les compraban celebraban sus utilidades en la prensa.
Uno leía el diario y no sabía si reírse o qué.
Esa fábrica no se paró sola. La pararon los que compran barato para que ganaran unos
pocos, y les resultó. Así no podemos seguir.
Para qué sirve volver a producir
Esto es lo que más me cuesta explicar. Volver a producir no va a hacer la comida más
barata. Tampoco más cara. Los precios de la comida se mueven por cosas que Chile no
maneja. Producir hace otra cosa. Echa a andar el campo, que es la fábrica de Chile, y una
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fábrica andando da trabajo en el pueblo y también en la ciudad, que le vende el camión y le
cobra el seguro.
Y cuando la economía se mueve y necesita brazos, en un mercado del trabajo sano, sin las
distorsiones que mete una inmigración desordenada, los sueldos suben porque la economía los
necesita y no le queda otra que pagarlos. Y ahí sí cambia la plata con que uno llega a la caja.
Esto también es suyo
Capaz que en Santiago o en Concepción esto suene lejano, pero el campo es el motor de
medio país, y cuando el sur deja de producir deja de comprarle a la ciudad, y la pobreza se
derrama. Mire cualquier pueblo del centro-sur: casas sin pintar, el local de la esquina con el
cartel de “se arrienda” desde el invierno pasado, y uno ya ni lo mira.
Las inversiones millonarias en el norte, bienvenidas sean. Pero no le cambian la vida a la
gente de Lolol, de Sagrada Familia, de Parral, de Ninhue, de Mulchén, de Traiguén, de Paillaco
o de Purranque. Mientras se permita el abuso, sus negocios van a seguir bajando la cortina, y
cada cortina que baja es una familia menos con sueldo.
Y a los que celebran las utilidades de las grandes empresas en el primer semestre, casi 17
mil millones de dólares, un 21% más que el año pasado, encabezadas por el litio, la banca y la
energía, les pido que revisen si esas ganancias salen de competir mejor o de que unos pocos
ponen el precio y el resto se aguanta.
Las instituciones, de adorno
¿Y quién frena esto? Nadie. La Fiscalía Económica, la que debería vigilar estos abusos, no
tiene dientes. El tribunal de Libre Competencia está hecho para una élite, litigar ahí cuesta
millones y se demora años. El Congreso tampoco se atreve. La Ley del Grano, reglas claras
para que al productor no le paguen por debajo de su costo, lleva años durmiendo en el
Congreso, y en privado nos confiesan que “no la entienden”. Y el ministro de Agricultura, al
recibir a una delegación de nuestro gremio, se encogió de hombros: “tengo una camisa de
fuerza, no puedo hacer nada”. Todos miran para el lado. Oiga, ¿para eso les pagamos el
sueldo?
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La cara de todo esto
Un país que se empobrece descuida a los suyos. Mire a los niños. Casi seis de cada diez
estudiantes no alcanzan lo mínimo en matemáticas. Con eso no vamos a fabricar aviones, ni
chips, ni naves espaciales. Mientras se arregla la escuela, trabajemos por las generaciones que
vienen en lo que Chile sí sabe hacer, que es producir.
Y los viejos, que esto me cuesta escribirlo. Hace pocos días, en Pitrufquén, La Araucanía,
se incendió un hogar de ancianos que operaba sin permiso, como tres de cada cuatro hogares
de la región, y murieron dieciséis abuelos. Había una sola persona de turno. Dieciséis. Alguno
dirá que fue mala suerte. Yo no lo creo. La Araucanía, la región que produce el pan de Chile,
cuatro de cada diez hectáreas de cereal del país, es la más pobre según la encuesta Casen.
Eso no es mala suerte, es lo que pasa cuando unos pocos se quedan con lo que el pueblo
produce. Y en una región empobrecida los viejos terminan así, en un hogar sin permiso y con
nadie que responda.
De Chile viven ellos
A los diputados, senadores y al gobierno les hablo de frente, porque la plata que
administran es nuestra.
Nos repiten que hay que cuidar a los grandes porque de ellos vive Chile. Yo lo veo al revés,
ellos viven de Chile, y bastante bien. Esta casa la pagamos los que madrugamos, más de
nueve de cada diez chilenos, cada vez que pasamos por la caja. Y el que paga tiene derecho a
exigir. Y usted, cuando le pidan el voto, pregúntele al candidato de qué lado está, y vea si le
contesta o le cambia el tema.
Por eso no pedimos más plata del Estado; eso es echar agua en un balde de mimbre.
Pedimos cancha pareja, lo único que los incomoda. Libre mercado de verdad, con competencia
y reglas iguales para el que compra y el que produce. Al que trabaja no lo asusta la
competencia, se levanta a las cinco igual. Al que asusta es al que abusa, al que se acostumbró
a poner el precio él solo.
Feliz Dieciocho. Ojalá el próximo lo celebremos con más pega en los pueblos. Yo voy a
prender el asado igual.